La identidad de Shakespeare, un dogma del siglo XXI

 Para poder de analizar la identidad de Shakespeare o discernir la doble semántica característica de su obra es imprescindible un mínimo conocimiento de la realidad histórica que le tocó vivir. 

  La Inglaterra de finales del siglo XVI y principios del XVII estuvo marcada por la privación de libertad y por la brutalidad institucional. La historia descubre que estas épocas de opresión y censura ponen a prueba la capacidad de nuestro ingenio; el uso intensivo de la polisemia es una de sus señas de identidad. Los autores isabelinos que se atrevieron a dejar constancia de su realidad se valieron de los recursos literarios a su alcance para disfrazar sus mensajes de forma que no fueran demasiado obvios y tuvieran opción de sortear la censura. Por su parte los lectores deberían hacer un esfuerzo adicional para desentrañar la intención que el autor escondía entre líneas. 

 Al igual que el de muchos de sus contemporáneos, el corpus de Shakespeare está plagado de dobles sentidos. Son muchos los expertos que advierten la inigualable maestría de Shakespeare en su técnica de incorporar en sus escritos mensajes magníficamente velados.

 Después de varios siglos de imposición stratfordiana, el lector actual, privado de buena parte de información esencial, apenas dispone de elementos para vislumbrar estos mensajes. Consciente de esta innegable realidad, me he preguntado durante años cual es el trasfondo de La Tempestad, obra que además de encabezar el First Folio, señala también su epílogo. ¿Podría tratarse de una composición de carácter metafórico donde tanto el desenlace de la tempestad, como las vicisitudes de sus protagonistas son sólo el envoltorio de una historia más profunda asociada a la realidad de su autor?

 La primera escena de La Tempestad, cuyo estreno tuvo lugar en 1611, relata como una embarcación regia que transporta al Rey de Nápoles y parte de su séquito, se enfrenta a una terrible tormenta. El autor se las ingenia para describir el evento sin aludir al viento en una sola ocasión; sorprendentemente, las llamas y el fuego, a juzgar por las seis ocasiones en que se mencionan, debieron ocupar ocupan un papel protagonista en la referida tempestad.

 La nave real retornaba de un largo viaje tras la celebración de la boda de Claribel, hija del Rey de Nápoles, con un monarca extranjero.

 ¿Podríamos identificar a Claribel con algún personaje histórico real? 

¿Porqué La Tempestad relaciona a esta Claribel reina de Túnez con Dido la reina de Cartago?

 Próspero, el poderoso mago y personaje central de la obra, exhorta a su hija: Doce años, Miranda, han pasado doce años… ¿podría este dato guardar relación con las circunstancias del autor?

 Los marineros en La Tempestad sólo tienen una frase:

 All lost! To prayers, to prayers! All lost!

 ¡Todo perdido, recemos, recemos, todo perdido!

extraña sentencia para poner en boca de unos marinos que se enfrentan a un temporal. El autor los presenta como “mariners wet” (mojados marineros) ¿porqué Shakespeare eligió un adjetivo tan poco pictórico y no, por ejemplo, “asustados” o “resignados” con el que aportaría más dramatismo a la escena?

 Los académicos llevan siglos analizando el corpus de Shakespeare, cada línea de sus textos ha sido objeto de intenso escrutinio; sin embargo, mis indagaciones en los textos publicados por la ortodoxia no han servido para disipar ninguna de las dudas planteadas. En mi intento por desentrañar las lecturas encubiertas de La Tempestad, habría de partir prácticamente de cero.

 Han pasado cinco años desde entonces y sólo puedo decir que los resultados de mi investigación han sido profundamente gratificantes. Ahora todo empieza a tener sentido y, cuando leo Hamlet o La Tempestad, percibo la auténtica dimensión del legado de Shakespeare. Ahora entiendo también porque los censores del reino adjudicaron un “No Pasa” a As You Like It.

 La Tempestad no es la única creación de Shakespeare que reclama una lectura biográfica sino, más bien, muestra la tónica reinante en toda su obra incluyendo sus sentidos y altamente reveladores sonetos. Todo el corpus de Shakespeare merece un profundo análisis. Si en vez de obviar las dobles semánticas prestamos nuestros sentidos a la lectura, estaremos en condiciones de descubrir otras tramas; la mayoría de ellas guardan relación con un autor de prestigio que nos intenta recordar que su nombre y su reputación han sido usurpadas.
 Las referencias a la vida y la obra de Marlowe en los escritos de Shakespeare se cuentan por cientos; muchas están lo suficientemente claras para que el lector documentado se percate de ellas. Sólo la exclusión de Marlowe de los libros de historia, donde su nombre fue vetado y no figuró durante más de dos siglos, o la ley del silencio que acompaña a la imposición stratfordiana, pueden acallar esta evidencia.
 En cualquier caso, los libros de literatura, incluso los recomendados o publicados por las universidades, sostienen que Shakespeare, el insigne poeta, nació en Stratford-upon-Avon un día de abril de 1564.  

 El “problema de la autoría” es menospreciado e incluso ridiculizado en el mundo académico británico; esta negativa a mantener una actitud didáctica y coherente está siendo adoptada en el mundo entero. Sobre aquellos académicos que se plantean contemplar o debatir abiertamente el asunto, pende una espada de Damocles advirtiéndoles del peligro que se cierne sobre su continuidad en sus puestos de trabajo. Por si esto fuera poco, ha quedado constatado1 que las universidades británicas no están abiertas para los investigadores que pretendan documentarse para defender la candidatura de Christopher Marlowe. Este insólito precedente, además de sembrar más incertidumbre sobre el asunto, pone en entredicho al sistema educativo que lo respalda. ¿A qué se tiene miedo?

 La imposición stratfordiana obliga a los académicos a otorgar el laurel al candidato de Stratford; mientras, las instituciones que amparan semejante sinsentido pierden toda su credibilidad.

 El objetivo de todo sistema de enseñanza es formar y educar. La adquisición de conocimiento, el ejercicio de la razón y la defensa de los valores éticos, como son la búsqueda y la defensa de la verdad, deberían ser elementos esenciales de la docencia. Fomentar la imposición stratfordiana o restringir el acceso a determinadas investigaciones pertinentes tiene un nombre y no es educación, es adoctrinamiento.

 Lo que las instituciones británicas está haciendo con el asunto de la identidad de su hijo predilecto bien merece la sentencia que el propio Shakespeare dedica al reino de Hamlet:

Something is rotten in the state of Denmark

Algo está podrido en el estado de Dinamarca

 

Grabado de Shakespeare.jpg

Grabado impreso en la portada de la segunda edición de

Los Sonetos de Shake-speare (1640)

 

 

  1.  En una entrevista concedida a la BBC en 2013 con motivo de la publicación de su galardonada obra de ficción The Marlowe Papers, novela que versa sobre la posibilidad de que Christopher Marlowe y Shakespeare fueran la misma persona, la doctora en literatura comparada Ros Barber describe así la hostilidad a la que tuvo que enfrentarse:

“One of the things that fascinated me most, was to discover, when I started researching the novel, that it’s completely taboo. It was made very clear to me that if I wasn’t researching it in order to write a work of fiction, I would not be allowed to research it at a British university at all.”

“Una de las cosas que más me impresionó fue constatar, cuando empecé la investigación para la novela, que se trata de un absoluto tabú. Se me expuso muy claramente que, si la indagación no se encaminaba a escribir una obra de ficción, no se me permitiría investigar el asunto en ninguna universidad británica.”

 

                          

                                                                                    

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