Advertencia al Lector

 

 Antes de entrar directamente en el tema de la autoría y con el objeto de poner en antecedentes a los que leen estas líneas, considero importante advertirles de que las evidencias, los argumentos o los descubrimientos que arrojan luz al respecto no marcan el día a día entre los académicos shakesperianos. De forma contraria a la dinámica general que se adopta en la mayoría de las disciplinas académicas, en el contexto de la autoría de la obra de Shakespeare los hallazgos no se comentan abiertamente y tampoco reciben difusión ni amparo en los principales medios de comunicación.

 Desde hace más de siglo y medio se vienen oyendo voces muy acreditadas que vienen advirtiendo de lo inconsistente de las evidencias que soportan la autoría de William Shakspere; no obstante, los estamentos oficiales cierran filas en torno a los que se han erigido en los portavoces de la defensa del candidato de Stratford.

 La frase de Stanley Wells, presidente de la asociación “Shakespeare Birthplace Trust” (SBT), Hasta ahora no he encontrado ningún motivo para dudar que William Shakespeare de Stratford-upon-Avon sea el autor de la obra de Shakespeare (2007) parece dejar clara, no sólo la postura defendida por la institución a la que representa, sino la de la práctica totalidad de los estamentos oficiales del mundo anglosajón.

 Esta otra famosa sentencia, defendida por Wells y también coreada por destacados representantes de la ortodoxia shakesperiana, es particularmente significativa:

 El fenómeno de no creer en la autoría de William Shakespeare de Stratford es una aberración psicológica de considerable interés. La atribución de dicha autoría en favor de candidatos aristocráticos se puede adscribir a esnobismo o la reticencia a creer que el trabajo de un genio pueda emanar de un hombre con una procedencia relativamente humilde; esta postura no aceptaría que Marlowe fuera el autor de sus propias obras, no digamos el caso de Shakespeare. Entre otras razones se incluye, la ignorancia, el poco sentido de la lógica, el rechazo (premeditado o no) a aceptar la evidencia, el disparate, el deseo de publicidad e incluso (como en el triste caso de Delia Bacon, que tenía la esperanza de abrir la tumba de Shakespeare en 1856) la locura certificable.1

  Con esta temeraria aseveración, Stanley Wells, junto a los demás representantes de la SBT, parece advertirnos de la seria patología que, según ellos, padecen, o han padecido, Sigmund Freud, Charles Dickens, Walt Whitman, Charles Chaplin, Mark Twain, William Y. Elliot, Ralph Waldo Emerson, Orson Welles, el príncipe Philip o los millares de personas provenientes de todos los ámbitos laborales y sociales, entre las que se incluyen algunos de los más preeminentes especialistas en el tema de la autoría de Shakespeare, que han declarado públicamente su disconformidad respecto a la verdad oficial.

 Parece evidente que lo que persigue este discurso tan antiacadémico y fuera de contexto es amedrentar a los estudiosos y a todo aquel que se plantee defender puntos de vista que difieran de la verdad oficial.

  La SBT publicó en 2013 el libro Shakespeare Beyond Doubt en el que, de forma argumentada, se pretendía dejar claro que no hay motivos para dudar de la autoría del hombre de Stratford. Apenas un mes después, la organización “Shakespeare Authorship Coalition” (SAC), sociedad cuyo objetivo es legitimar el debate sobre dicha autoría, presentó su respuesta en el libro titulado Shakespeare beyond doubt? Exposing an Industry in Denial. En dicho volumen, una docena de destacados expertos en la materia, exponen evidencias que desmontan uno por uno los argumentos que defiende el libro publicado por la SBT.

 Tal vez debería sorprendernos la ausencia de respuesta por parte de la SBT, que ha evitado hacer comentarios o menciones al texto publicado por la SAC. Abundando en el tema, la SAC ha invitado a los representantes de la SBT a participar en debates televisados sobre la autoría e incluso han ofrecido un donativo de 40.000 libras a aquel que consiga convencer a un juez en un simulacro de juicio televisado de que Shakspere de Stratford y Shakespeare el autor son la misma persona. La SBT, no obstante, ha rechazado todas las invitaciones y sigue evitando cualquier referencia al libro publicado por la SAC.

 El rechazo mostrado por la SBT a la defensa de su candidato resulta particularmente significativo, máxime cuando sabemos que sus representantes acostumbran a hacer juicios demoledores ante cualquier opinión que ponga en duda sus propuestas; el motivo que les mantiene al margen del debate parece claro:

 Emitir juicios o sentencias en entornos donde no existe controversia no tiene nada que ver con defender posturas en público ante expertos que no comparten los mismos criterios y que además disponen de argumentos con los que rebatir las propuestas que adolecen de  una mínima solidez.

 La campaña de defensa de la autoría del candidato de Stratford empezó a gestarse de forma sistemática en 1840 con la creación de la “Shakespeare Society”. Su primer director, John Payne Collier, comenzó trabajando como periodista para el diario The Times, de allí fue despedido tras una publicación en la que modificó el contenido de una intervención en la Cámara de los Comunes. Más tarde se convertiría en crítico literario y en 1835 publicó su libro Nuevos hechos referentes a la vida de Shakespeare, del que S. Schoenbaum, uno de los más prestigiosos estudiosos y biógrafos de Shakespeare, comentó que fue la principal contribución de Collier a la tergiversación biográfica.

 Hoy en día la fama de Collier descansa sobre su reputación como falsificador literario. Esta calificación se basa fundamentalmente en la historia del Perkins Folio, un ejemplar de la segunda edición de la obra de Shakespeare, conocida como Second Folio, cargado de anotaciones que parecían ser manuscritos propios del siglo XVII; el autor de estas correcciones podría haber sido un contemporáneo de Shakespeare. Collier publicó las mencionadas anotaciones en 1853 y las usó como argumento en varias de sus publicaciones. Cuando el Perkins Folio fue analizado por Frederic Madden (prestigioso paleógrafo encargado de la custodia de los manuscritos del British Museum), quedó confirmado que se trataba de falsificaciones. Collier esgrimió en su defensa que las anotaciones ya estaban en el libro cuando él lo adquirió.

 En 1780 se descubrió el diario que el empresario teatral Philip Henslowe mantuvo entre 1592 y 1603. Dicho diario se ha convertido en la principal fuente de información sobre las transacciones económicas y las puestas en escena del teatro isabelino que se conserva.2

 En su libro Memorias de Edward Alleyn (1841), Collier, que tuvo acceso al famoso diario, intercala entre las anotaciones de Henslowe, otras realizadas por la misma mano que Madden más tarde calificaría como falsificaciones. El orden en el que figuraban los actores “King Players” también fue alterado de forma que el nombre de William Shakespeare figurase en el segundo puesto de dicha lista. Ese dato manipulado sirvió a Collier para justificar la boyante situación económica que vivió William Shakspere de Stratford a partir de 1593.

  La desinformación, así como el ataque despiadado a los que defendían otros puntos de vista, fue la seña de identidad que la “Shakespeare Society” instauró durante gran parte del siglo XIX.

 En la actualidad es la “Shakespeare Birthplace Trust” (SBT), creada en 1747, la organización que ha tomado las riendas de la defensa a ultranza de la autoría del negociante de Stratford. Esta sociedad, olvidándose de todo academicismo, lidera la campaña stratfordiana manteniendo el mismo anacrónico modus operandi que marcaron sus predecesores.

 La SBT regenta el lucrativo negocio que se ha instaurado en Stratford-upon-Avon alrededor de la figura de Shakespeare y que mueve cerca de tres millones de visitantes al año. Sus representantes tienen razones profesionales para defender a su candidato. Su objetividad dista mucho de estar garantizada.

 Por increíble que pueda parecer, no sólo la biografía del candidato de Stratford  describe a un personaje ajeno a las letras, sino que la obra de Shakespeare tampoco refleja su posible autoría. Por si esto fuera poco, y contrariamente a lo que divulgan los medios adscritos a la ortodoxia stratfordiana reinante, al analizar las diversas publicaciones de la obra de Shakespeare lo que encontramos no son argumentos amparando la candidatura que se ha convertido en oficial, sino cientos de advertencias señalando en dirección distinta a Stratford.

 Desde que se inició la estrategia de defensa del candidato de Stratford, la desinformación está en el eje de una elaborada campaña que hasta ahora ha dado muy buenos resultados entre el gran público.

 Esta desinformación, especialmente en el Reino Unido, va acompañada por un tratamiento dogmático del asunto. Las preguntas y las dudas al respecto, incluso en el entorno escolar, no tienen cabida y son, con frecuencia, recibidas como ofensas a una verdad incuestionable.

 Lo irrazonable del tratamiento de la autoría por parte de los medios, especialmente coaccionados por la corriente antipedagógica liderada por la SBT, ha contribuido a forzar artificialmente una aureola de fe ciega alrededor de la figura de Stratford así como un rechazo sistemático a cualquier conato de investigación académica.

 No debería extrañarnos pues, que hasta ahora no haya surgido un gran debate popular reclamando un tratamiento más objetivo y académico del asunto.

 Para los que creemos que identificar al verdadero autor, desvelar el contenido de su obra y transmitirlo a generaciones venideras debería anteponerse a aceptar el continuismo de la tradición, la satisfacción radica en que, a pesar de lo anteriormente expuesto, en los ámbitos en los que existe un conocimiento más profundo de la obra de Shakespeare y de la biografía de William Shakspere, late un extendido sentimiento que podría resumirse con la frase de Ren Draya:

¡Lo que no es razonable es no dudar! 3

 En la actualidad se cuentan por millares los estudiantes y profesores de historia y literatura así como investigadores, autores teatrales, poetas, novelistas, actores, directores, abogados, notarios y jueces que han manifestado públicamente tener serias dudas sobre la autoría del hombre de Stratford.

 

NOTAS

  1. Esta frase (que hemos traducido del inglés) figuraba en la web de la Shakespeare Birthplace Trust (SBT) hasta abril de 2013.
  2. Edmond Mallone, famoso estudioso de Shakespeare, descubrió en 1780 el diario que Henslowe mantuvo entre 1592 y 1609, en la biblioteca del Dulwich College. Este colegio fue fundado en 1616 por el célebre actor Edward Alleyn, hijo político de Henslowe.
  3. Ren Draya, vocal del departamento de “English Communications” del Blackburn College. Doubts about Will? Exposing an Industry in Denial (2013)
  4. En la página web de la SAC (www.doubtaboutwill.com), encontramos, además de interesante información histórica sobre las dudas que ha generado la ortodoxia shakesperiana, un listado que incluye el nombre y ocupación de más de tres mil personas que han firmado una declaración de duda razonable respecto a la verdad oficial.

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