Introducción

 Compartir la candidatura stratfordiana requiere aceptar una ingente lista de anomalías. El testamento legado por el supuesto autor está saturado de formulismos y su redacción presenta un estilo muy poco literario. La biografía de William Shakspere de Stratford descubre a un personaje que se dedicaba al comercio, ejercía como prestamista e interponía demandas judiciales en las que reclamaba el cobro de pequeñas sumas de dinero. Shakspere, en caso de que hubiera estudiado hasta los catorce años, no continuó sus estudios. No se localizaron libros de su propiedad, ni en su casa ni en su entorno, tampoco se ha encontrado ninguna evidencia que le relacione con el mundo literario.

 Esta biografía, tan aparentemente alejada de la genialidad es, para algunos de los expertos que defienden la causa stratfordiana, perfectamente aceptable. La doble conciencia que, según ellos, caracterizaba al comerciante y genial dramaturgo, les sirve como argumento para justificar todas estas incoherencias.

 No existe una sola página manuscrita del puño de Shakspere y, aunque se trata de evitar que conozcamos esta información, también se espera que asumamos sin hacernos preguntas, que sus dos hijas, además de ser prácticamente iletradas, no parecían ser conscientes de que su padre era escritor. Por si todo esto fuera poco, las seis firmas que se conservan y se le atribuyen, únicos manuscritos que de él conservamos, muestran una escritura irregular que no presenta uniformidad de trazo, como si se tratara de la letra de alguien que no tiene costumbre de escribir.

 Prácticamente toda la argumentación a favor de la autoría de Shakspere requiere un acto de fe, pues como iremos comprobando en nuestro análisis no hay evidencias que la soporten.

 Si queremos compartir la verdad oficial deberemos aceptar también, por increíble que parezca, que no hay que tratar de buscar al autor en su obra.

 Una obra tan extensa y tan cargada de reflexiones y profundos sentimientos como el canon de Shakespeare, permite a los analistas realizar un retrato bastante aproximado de la personalidad de su autor. La relación entre el autor que se descubre al leer a Shakespeare y la personalidad que describe la biografía del candidato encumbrado por la ortodoxia es inexistente.

 A diferencia del resto de su obra, Los Sonetos de Shakespeare, narran vivencias íntimas contadas con emoción profunda, por ello han sido estudiados durante décadas por varias generaciones de eruditos con el fin de encontrar en ellos reflejos de la biografía del comerciante de Stratford; sin embargo, puesto que como fruto de este trabajo no se ha encontrado ningún paralelismo entre la vida del supuesto autor y lo que los sonetos cuentan, se nos advierte de que no debemos buscar componentes biográficos en ellos.

 Difícil papel el de los eruditos especialistas en Shakespeare, que tienen que aceptar al candidato de Stratford como autor incuestionable al tiempo que realizan un análisis de la obra desde el punto de vista semántico. De los ciento cincuenta y cuatro sonetos de Shakespeare, cuarenta y ocho hablan de soledad y sufrimiento producido por el propio destierro. Los estudiosos tienen que sortear este difícil escollo sin evidenciar lagunas de credibilidad en su autoría. Si no lo hicieran, podrían correr el riesgo de ser objeto de escarnio, o incluso podrían ver peligrar sus puestos de trabajo.

 Pese a la precariedad de las evidencias en favor del candidato de Stratford, existen dos dedicatorias al autor que aparecen en la primera publicación de su obra completa, el llamado First Folio, que hasta ahora han sustentado casi todo el peso de la defensa de su autoría. La primera de ellas es la famosa frase de Ben Jonson que comienza con “Sweet Swan of Avon...” La segunda aparece en la dedicatoria firmada por Leonard Digges en la que se menciona Thy Stratford Moniment(Tu monumento de Stratford). Como veremos al analizar los argumentos de la candidatura de Stratford, gracias a que en los últimos años se ha redescubierto el significado original de ambos mensajes, ahora sabemos que el monumento que se erigió en Stratford hacia 1622 está dedicado a Shakspere, más probablemente a John que a su hijo William y, al mismo tiempo, rinde homenaje al autor, cuyo nombre se esconde en el críptico mensaje del monumento.

 La referencia a Avon por parte de Jonson, ha sido pronunciada en multitud de ocasiones por los defensores del candidato de Stratford como prueba irrefutable de su autoría. Recientemente se ha recuperado el significado original de la frase, esta nueva lectura pone de manifiesto que el Avon de la misma no guarda ninguna relación con la localidad de Stratford-upon-Avon.

 Lo delicado de la situación que surge a raíz de la inconsistencia de las evidencias que soportan la candidatura de Stratford está demandando una investigación académica al respecto que, al menos de forma oficial, nunca se ha llevado a cabo.

 Según sostienen algunos expertos, la falta de evidencias claras podría no suponer una alteración importante en el orden actual de las cosas ya que, si no se encuentra un candidato al que se pueda atribuir la autoría, no habría motivo para destronar al candidato histórico.

 A lo largo de la historia, fruto de esta ausencia de evidencias concluyentes, han surgido decenas de candidatos alternativos. De este nutrido grupo cabe destacar particularmente a: Sir Francis Bacon, Edward de Vere (conde de Oxford), Christopher Marlowe y Mary Sidney (condesa de Pembroke).

 Si bien los argumentos esgrimidos por los defensores de todos ellos son dignos de consideración, existen poderosas razones para otorgar a la candidatura de Christopher Marlowe el privilegio de ser la primera en ser analizada.

 Marlowe era el poeta y dramaturgo que triunfaba y causaba admiración en los teatros de Londres. Su supuesta muerte tuvo lugar apenas dos semanas antes de que se publicara la primera obra que llevaría el nombre de Shakespeare.

 Marlowe hacía algo que ningún otro candidato puede alegar, él escribía como Shakespeare, o más bien, el Shakespeare autor de Venus y Adonis es prácticamente indiferenciable del último Marlowe y así lo corroboran muchos de los más prestigiosos estudiosos de la obra de Shakespeare.

 Marlowe es el único autor contemporáneo al que se hace referencia directa en la obra de Shakespeare. En los escritos atribuidos a Shakespeare encontramos más de un centenar de alusiones a la vida y la obra de Marlowe.

 Reciente y concluyente información histórica y literaria propone que la muerte de Marlowe fue escenificada como respuesta a la caza de brujas en la que había sido implicado dentro de un proceso de persecución de herejes. Marlowe se habría visto obligado a renunciar a su nombre. Oculto tras un  seudónimo habría seguido escribiendo una obra con la que blandiría una lanza contra la ignorancia.

 El régimen inquisitorial y la censura reinante a finales del siglo XVI fueron los artífices de que el nombre de Marlowe se borrara de los libros de historia; así permaneció durante más de doscientos años hasta que fue redescubierto a principios del siglo XIX por estudiantes que se habían propuesto indagar en las fuentes que sirvieron de inspiración a Shakespeare.

 Son los mismos que defienden la verdad oficial los que se han encargado de poner trabas a la candidatura de Marlowe. Cuando analicemos los argumentos stratfordianos podremos comprobar como su frágil consistencia difícilmente podría soportar un análisis objetivo.

 Todas las propuestas, excepto evidentemente la que le sustenta como autor, necesitan a Marlowe muerto en mayo de 1593. Cualquier indicio que muestre que pudo haber simulado su propia muerte y haber seguido escribiendo bajo seudónimo, derribaría todo el entramado que se ha ido tejiendo durante siglos para defender otras candidaturas.

 Aunque los estudios publicados por la ortodoxia reinante son poco proclives a divulgar esta realidad, cualquiera que se embarque en la investigación de la obra de Shakespeare para determinar su autoría, se topará continua e invariablemente con Christopher Marlowe.1

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NOTAS

  1. En las obras firmadas por Shakespeare, las alusiones a Marlowe, a su vida, su muerte fingida, su lucha contra la inquisición, su exilio forzado o el dolor que le causa renunciar a su nombre, superan el centenar.   

 

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Un comentario en “Introducción”

  1. Acabo de comenzar… promete ser apasionante. Nacho, te ruego encarecidamente que lo conviertas en novela. Interesantísimo.

    Un abrazo.

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